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La sujeción: un acto de fe.

>> 1.3.15

Es cierto que el matrimonio requiere trabajo de ambas partes, por supuesto, en eso nadie levanta quejas. Sin embargo, como en este espacio no escribimos para los hombres sino para las mujeres, nos toca hablar únicamente de la parte que nos corresponde a nosotras como esposas.


La biblia es clara, nuestra parte como esposas es sujetarnos a nuestros propios maridos como al Señor (nótese que Dios nos llama a sujetarnos a nuestros propios maridos, no a todos los hombres en general, ni siquiera al pastor antes que a nuestro marido.)

"Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo." Efesios 5:22-23 (ver también Colosenses 3:18)


Como todos los mandamientos divinos, es simplemente imposible para una mujer sin Cristo tratar si quiera de obedecer este mandato. Recordemos siempre que solamente cuando hemos nacido de nuevo tenemos la capacidad, a través del poder del Espíritu Santo para obedecer las Escrituras. El sujetarnos a nuestros maridos requiere entonces, antes de ninguna otra cosa, haber nacido de nuevo y entender como el matrimonio es un espejo, un símbolo, de la relación de Cristo y su iglesia.

Una de las preguntas que muchas mujeres me hacen, es "¿Cómo es que me tengo que sujetar a mi esposo si él no me ama como la Biblia dice que debería hacerlo?" La respuesta siempre es que Dios no te va a pedir cuentas de cómo te ama tu esposo, sino de cómo lo honras tú a él y como te sujetas tú a él (Ef. 5:22-23; Col. 3:18; Ef. 5:33). En cada circunstancia por la que atravesamos, Dios nos va a pedir cuentas de la manera en que nosotros reaccionamos.

Ahora, algo que es importantísimo remarcar es que cuando obedecemos este mandamiento lo debemos de hacer con fe y en fe. Sin fe,  nada de lo que hagamos -absolutamente nada- puede agradar a Dios. Sin fe, nuestros mejores esfuerzos no valen nada. 

Nuestra sujeción a nuestros maridos es primeramente nuestra sujeción a Dios en fe, y lo hacemos en fe porque estamos confiando plenamente en que nuestra obediencia a Dios es agradable a sus ojos, que Él siempre bendice nuestra obediencia a su Palabra, y que su nombre va a ser más glorificado cuando seguimos sus mandamientos.

La fe siempre tiene que fortalecerse en la Palabra y en la oración privada, por eso, cuando nuestro esposo toma una decisión que nosotras no apoyamos totalmente, podríamos orar diciendo, "Padre, tu Palabra dice que tu quieres que yo me sujete a mi esposo, ayúdame a hacerlo con gozo y en fe, creyendo que tú te complaces en mi obediencia. Líbrame de tener una actitud llena de critica y juicio y dáme fe para creer que Tú eres soberano sobre todo, incluyendo esta situación."

La fe es también necesaria cuando nos sujetamos a nuestros propios maridos, porque solamente arraigadas y cimentadas en Su palabra por la fe, podemos pelear en contra del temor que muchas veces se levanta en nuestros corazones, especialmente cuando nos tenemos que sujetar a nuestro esposo en algún punto que nos es más difícil (nunca olvidando que Dios nunca va a requerir que obedezcamos a nuestro esposo en algo que sea pecaminoso). Una mujer piadosa, una mujer de fe, se puede sujetar sin temor a su esposo porque su confianza está puesta en Dios antes que en su esposo.

Cuando te sujetes a tu marido en fe, levanta tus ojos y ve detrás de tu esposo a Cristo. Recuerda que tu obediencia es a Dios antes que a tu esposo, y que de Él viene tu recompensa.

Gracia sobre gracia,

Becky








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