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Mamás, criar hijos en el Señor no es fácil.

>> 12.3.15


Mamás, criar hijos no es fácil.

Criar hijos requiere una vida dedicada a nuestro Señor, una vida donde el temor a Dios reina y donde la Palabra es el alimento diario. Una casa de revista, un cuerpo de gimnasio, una cena de manjar constante, es en vano si el Señor es recordado como amuleto de buena suerte.

Enseñar a nuestros hijos a vivir para la Gloria de Dios, debe ser el objetivo principal al educarlos. Debes enseñarles que la vida verdadera se encuentra en conocer y servir al único Dios. Al Dios de la Biblia. Debemos enseñarles a nuestros a hijos a leer la Biblia, a leerla completa y no versículos aislados para acomodar a sus gustos y a sus pecados y buscar justificación en ellos. Que importante es aprender nosotras mismas y enseñar a nuestros hijos que la Palabra de Dios presentada en la biblia es el poder de Dios para salvación.

¡El poder de Dios para salvación!

¡El poder de Dios para salvación! ¿Ves lo que dice? El poder de Dios. No tienes que buscar nada fuera de la palabra. Un milagro en la iglesia que convenza a tu hijo, un ángel que se le aparezca, una experiencia extra sensorial… ¡nada! La Biblia, es el poder de Dios para Salvación. Debemos creer que es suficiente y leerla a nuestros hijos constantemente (Romanos 1:16). Lo más importante es que tus hijos amen a Dios. Tú puedes enseñarles y debes enseñarles quien es Dios, y como Él es digno de ser honrado en cada área de sus vidas. En lo secreto tanto en lo público. Que una vida sin Dios es una vida desperdiciada. Solo Dios puede darles amor por Él, pero es nuestro deber como padres enseñarlos.

Vemos el ejemplo en 1 Crónicas 28:9 “ Y tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario; porque Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos. Si tú le buscares, lo hallarás; mas si lo dejares, él te desechará para siempre.” Nuestros hijos deben entender que, contrario a lo que el mundo enseña, ellos son personas bajo autoridad. No son independientes, libres de hacer lo que les plazca. Son, o esclavos del pecado y hacen la voluntad del diablo, o son siervos de Dios haciendo la voluntad del Padre. No hay doble vida. No hay independencia absoluta. Somos hijos o enemigos. No hay punto medio (Juan 8:44). Orgullo, vanidad, egoísmo, rebelión, no son etapas que van a pasar con la edad. Son pecados que deben ser mortificados y nuestros hijos (tanto nosotras como madres) debemos lidiar estos pecados mortificándolos, y dándoles las herramientas y enseñarles lo que significa mortificar el pecado…y con mucha oración venir delante de la presencia de nuestro Padre y clamar por que nuestro Señor tenga misericordia de sus vidas. Y siempre… siempre rogarles que vayan ellos al Trono de Gracia donde allí, solo allí, encontrará su alma alivio.

Paul Tripp dice : “No hay padres que no entrenan a sus hijos. Todos los padres entrenan de alguna manera. El problema es que mucho es mal entrenamiento”. Debemos entrenar a nuestros hijos en la Palabra. Enseñarles fielmente lo que la Palabra de Dios dice. Llevarlos a Su trono en oración y siempre guiarlos con toda paciencia a los pies de Cristo. En cada pecado, mostrarles su necesidad de Cristo, su inhabilidad, su pecado, hablarles de la cruz, de Jesús, de su sacrificio, de Su vida, de su muerte, de Su perdón, de su poder para salvar, de su intercesión por los suyos, de la eternidad, de lo vano de servir al mundo, de lo corta que es la vida, de que no hemos sido prometidos nuestro siguiente aliento… que todo es un regalo, gracia. De nuestra deuda a nuestro hermoso Salvador y de como fuimos comprados con gran precio (1 Cor. 6:20, Sal. 39). Debemos mostrar un ejemplo a nuestros hijos de humildad, sujeción a nuestros esposos. Debemos darles un ejemplo palpable de lo que es vivir una vida para Cristo. En nuestra manera de hablar, de vestir, en nuestros pasatiempos, en nuestra forma de disciplinarlos, de lo que nos reímos.

Debemos mostrarles a Jesucristo.

Esto no es una tarea sencilla. Debemos morir diariamente a nuestros deseos, impulsos, malos genios, nuestras emociones descontroladas y dar la vida por ellos. Ser amables con nuestras palabras, ser cariñosas, ser firmes en disciplina, reír con ellos y llorar con ellos. No jalándolos o gritandoles como si nos pertenecieran a nosotros, pero sabiendo que estamos tratando con hijos que son herencia del Señor (Sal. 127), que le pertenecen a Él. Y como los tratamos es una gran responsabilidad. ¿Los malcriamos por consentirlos o los descuidamos por hacerlos independientes?

Entrenemos a nuestros hijos en el conocimiento de Dios. Disciplinando como nuestro Dios demanda en las Escrituras y dando misericordia como nos ha sido dada.

Que el Señor nos de gracia. Y nos la da. En eso confiamos.

Norma.

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¡Come!

>> 11.3.15


"Jesús les dijo: Yo soy el Pan de Vida, el que a mi viene, nunca tendrá hambre, y el que en mí cree, no tendrá sed jamás": Juan 6:35

Cuando un bebé nace, nace con hambre y por el resto de sus días, mientras tenga salud y vida, esa personita va crecer a ser un adulto que va a tener hambre siempre. Dios nos creó con hambre y sed para que entendamos lo que es esa necesidad tan profunda que nada puede saciar. Si tenemos hambre, aunque tengamos la mejor ropa y la mejor casa, no nos va a satisfacer nada más que sentarnos a comer. Si tenemos sed, aunque seamos las mujeres más exitosas, vamos a tener sed hasta que tomemos un vaso de agua.


Así es en nuestra vida espiritual, nacemos de nuevo, Dios nos da vida y tenemos hambre y sed de su Palabra. El problema es que a los Cristianos, muchas veces se nos olvida que esa continua hambre espiritual con la que comenzamos nuestra vida no puede ser saciada con nada más. No podemos sustituir nuestro alimento espiritual, que es la lectura de la Palabra y la oración, por absolutamente nada más. Nada va a satisfacernos, nada va a fortalecernos, nada va reanimarnos, nada va a sostenernos como la lectura regular de la Biblia y la oración privada.

Todas sabemos que lo primero que necesitamos para poner comida rica y saludable en nuestras mesas es la planeación. Es imposible tratar de alimentar a toda una familia sin pensarlo, sin tener planes específicos y horarios regulares. Lo mismo, es en nuestra vida espiritual. No podemos crecer fuertes, saludables, firmes, si no planeamos pasar tiempo con Dios en la Palabra y en oración cada día. Y así como nadie juzga a una mamá de ser legalista por planear sus comidas de la semana y tomarse el tiempo para cocinar comida rica y saludable, así deberíamos de dejar a un lado la idea de que tener tiempos fijos y un orden en nuestra lectura de la Biblia es legalismo. ¡De ninguna manera!

Leí alguna vez que sí,  leer la Biblia y orar es un deber del verdadero creyente. Pero es un deber como el deber que tiene el enfermo de muerte de tomar sus medicinas, es como el deber que tenemos de respirar, es como el deber que tiene un buzo de ponerse y de saber usar su tanque de oxigeno. Es como el deber que tiene el soldado de cargar sus armas, es como el deber que tiene el oso de buscar la miel, y el pez el agua que corre. Es un deber que nos da vida. 

En Deuteronomio 8:3 leemos que Dios afligió a su pueblo y lo hizo tener hambre y los sutentó con maná para que supieran que no solo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Dios. La Palabra de Dios, la Biblia que ha sido exhalada por el Espíritu Santo es nuestra vida hoy, es nuestro pan.

En la aflicción por la que estas pasando hoy, ¿estás comiendo del Pan de Vida? ¿estás bebiendo del agua eterna? ¿Con qué estás tratando de saciar el alma de tu alma?

Lee la Palabra y ora la Palabra. ¡Come! ¡Alímentate en el desierto y en los prados verdes! ¡Come hasta saciarte!

Algunas ideas prácticas:

1. Siéntate a comer a la misma hora y en el mismo lugar.  Ésto es, planea, aparta un tiempo cada día, en el mismo lugar y a la misma hora para leer la Biblia y orar. No, no es legalismo lo que te lleva a hacer ésto, es hambre y sed de Dios.

2. Lee. Lee. Lee. Lee un libro a la vez. No leas "en dónde caiga", no leas un poquitito de aquí y otro versículo allá. Lee, por ejemplo, un libro a la vez. Puedes empezar con el Nuevo Testamento y los Salmos. Lee. No tienes que entender todo de una vez, no te frustres con lo que no entiendas, ya lo volverás a leer y el Señor te irá dando el entendimiento para crecer. Lee. Lee.

3. Lee y ora lo que lees. La mejor manera de orar es orar lo que lees en la Biblia. Por ejemplo, el versículo con el que empieza este artículo, podrías orar diciendo, "Padre, tú nos invitas a través de tu Hijo Jesús a venir a ti cuando tenemos hambre y sed para ser saciados. Tú ves mi necesidad que es grande y te pido perdón porque he sido una necia y he tratado de llenar mi alma, mi vida con cosas que me dejan más vacia y desolada. Perdóname por no venir a ti, a tu Palabra a comer. Perdóname porque he rechazado la invitación de Jesús. Gracias por que tú me recibes por los méritos de Jesús a tu mesa. Ayúdame, Señor, a tener la disciplina de venir cada día a tu Palabra y a ti en oración. Fortaléceme  a medida que como de las Palabras que salen de tu boca. En el nombre de Jesús. Amén".

4. Lee y luego medita durante el día sobre lo que leíste. Una idea muy práctica es que puedes tener una libretita (pequeña, que sea muy fácil de llevar siempre contigo), ahí anota cada día alguno (o algunos) de los versículos que leíste esa mañana y sobre los cuales quieres meditar durante el día. Cada vez que tengas dos minutos, o que empieces a afanarte, o que tengas miedo, o que seas tentada, o que vayas a checar las redes sociales en tu teléfono, saca tu libretita, y lee y ora ese pasaje otra vez. Y así, al final del día, después de haber ido a ese pasaje varias veces durante el día vas haber probado que buena es la Palabra de Dios. ¡Cuán dulces son sus palabras a nuestra alma!  Otro beneficio de éste método sencillo es que si eres fiel, es que pronto vas a darte cuenta de que te sabes versículos de memoria que vas a poder traer a memoria cuando los necesites.

5. No te desesperes. ¡Come! Hoy la mayoría de mis hijos son adultos (inclusive unos de ellos está casado), y cuando los veo, me preguntó (como toda mamá), ¿en qué momento crecieron tanto? Es verdad, yo les dí de comer todos los días sin faltar uno de ellos. Les dí cosas muy ricas y muy nutritivas la mayoría de las veces, pero también hubieron días de comida rápida, de algo más sencillo. No siempre les gustó mi comida y no siempre se querían sentar a la mesa cuando los llamaba a venir. Pero al final venían y comían. Al final del día, la disciplina de tener una misma hora y un mismo lugar y un mismo ritmo hizo que sus cuerpos crecieran fuertes y saludables. Recuerda este principio, a lo mejor en una semana no quieres seguir leyendo, no ves "el cambio", o no te gusta la disciplina, o no entiendes todo lo que lees, no te desesperes. El alimento espiritual, como el alimento físico, siempre hace su obra. ¿Recuerdas todo lo que comiste ayer, hace una semana, hace un mes, hace un año, hace seis años? Seguramente que no. Pero si estás viva hoy es porque no has dejado de comer y la comida -toda ella, cada bocado- te ha fortalecido y sostenido. Lee tu Biblia. Ora la Biblia. ¡Come!

"Y todo el pueblo se fue a comer y a beber, ya obsequiar porciones, y a gozar de grande alegría, porque habían entendido las palabras que les habían enseñado." Nehemías 8:12

Gracia sobre gracia,

Becky

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Criando a nuestros hijos sin culpas

>> 10.3.15

La culpabilidad es una carga que nos arrastra y nos lleva a sequedades. David mismo habla de como la culpabilidad de su pecado lo llevo a la enfermedad física (Sal. 32). La culpabilidad de nuestros pecados es tan pesada que nos impide movernos, nos paraliza.

Cuando educamos a nuestros hijos muchas veces caemos en pecado. Muchas mamás pierden la paciencia cuando están cansadas, cuando por "n veces" les han dicho a sus hijos que se tranquilicen y no lo hacen. Justo cuando es la hora de salir, alguien tira el vaso de leche y hace que mamá explote. ¿Cuántas veces la misericordia no ha estado en tu boca, cuántas veces has reaccionado de una manera horrible en vez de la manera piadosa que Dios desea? ¿Cuántas veces te acuestas en la noche y no puedes dormir por el peso de la culpa del pecado en tu manera de educar, de disciplinar a tus hijos?

Cuando se forma el hábito de educar con culpa, también los hijos crecen en culpa. No hay gracia. No hay reconciliación. No hay redención. Solamente el peso del pecado que ni tú, ni tus hijos pueden llevar.

Y sabemos que, desde el primer matrimonio de la humanidad, cuando el hombre enfrenta el peso de su culpa, su tendencia es correr, pero no hacia Dios sino de Dios. La naturaleza del hombre siempre quiere tratar de buscar una manera -en sus propias fuerzas- de apaciguar la ira de Dios, de lidiar con la culpa de su pecado. De hacer algo "bueno" para tapar lo malo.

Como mamás hacemos lo mismo.

Puedes decidir ya nunca más disciplinar a tus hijos, nunca más decirles que  deben o no hacer para no lastimarlos. Puedes escoger pasar por alto sus pecados y se te olvida que tampoco eso es amarlos. Puedes tratar de actuar como si nada hubiera pasado y les compras otro juguete y les dices una broma. A lo mejor un helado los hace olvidar a ellos -y a ti- el mal momento.  Para mitigar tu culpa puedes también ir a tomar un café con amigas y hablar con ellas de como los hijos son terribles y es culpa de ellos que tu pierdas la paciencia siempre. Ellos son, al fin de cuentas (dices tú), quienes te sacan de tus casillas. Si ellos no hicieran ésto a aquéllo, si tan solo te obedecieran, si tan solo.... Pero siempre llega la noche y sabes que nada de ésto es válido para limpiar tu culpa, tu pecado.

Mientras carguemos con la culpa de nuestro pecado, no podemos ni educar ni disciplinar a nuestros hijos de una manera bíblica y efectiva. Una mamá llena de culpa explota siempre en ira porque la carga de su propio pecado es grande.

¿Cuál es entonces la solución a este gran problema de la culpa? David mismo nos lo dice en el mismo Salmo 32.


"Mi pecado te declaré y no encubrí mi iniquidad .
  Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová;
 y tú perdonaste la maldad de mi pecado." (v.5)

Confiesa tu pecado a Dios hoy mismo, ahora mismo. En Él siempre hay perdón. El Padre quiere perdonar a sus hijos y quitar de ellos la culpa. Cristo murió por los pecados de su pueblo, pero también cargó con la culpa de esos pecados. Ven a Cristo.

David confiesa su pecado y su amargura es quitada, su pesadumbre se disipa y puede oír los cánticos de liberación con los que el Señor mismo lo rodea (v.7b). El Salmo termina con una exhortación de David a los santos. Nos anima a alegrarnos y a gozarnos -los justos, los que hemos nacido de nuevo, los que sabemos que tenemos la vida de Dios- a cantad con jubilo porque tenemos, por gracia, un corazón recto delante de Dios.

Querida hermana, no puedes cargar con tu propia culpa ni la puedes transferir a otro ser humano. No puedes poner tu culpa sobre los hombros de tu hijo, pensando que haciéndolo sentir culpable ya no vas a tener que cargar con tu propia culpa. No puedes tratar de echarle tus culpas a tu esposo, o a tus padres porque te enseñaron de tal o cuál manera, o al hombre que te abandonó con un hijo. No, eso es imposible. El único que puede llevar las culpas de tus pecados es Jesús y lo hizo hace más de dos mil años en la cruz. Arrepiéntete hoy de tu pecado. Solamente el perdón divino puede quitar de tus hombros la culpa que te arrastra y te hace arrastrar a tus hijos también.

Confiesa tu pecado a Dios y luego a tus hijos. Enséñales la gracia del perdón que hay en Dios. Enséñales con el ejemplo el camino al Padre, muéstrales la gracia del perdón, de la cruz. Llévalos a Jesús. Recuerda que no hay nada que puedeas hacer para quitarte el pecado y la culpa que te carcome aparte de pedir perdón. La única manera de lidiar efectivamente con nuestro pecado es traerlo en arrepentimiento a los pies de Jesús. Solamente el perdón de Dios puede levantar ese peso.

"Los buenos padres son padres perdonados." Ben Merkle

Gracia sobre gracia,

Becky


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El trabajo en la cocina: una bendición

>> 8.3.15

En nuestra iglesia, cada domingo, nos quedamos todos a comer y es una bendición poder compartir ese tiempo juntos. Pero claro que también implica mucha organización y trabajo. 

Hoy, cuando estábamos muchas de las señoras en la cocina calentando la salsa para los chilaquiles y poniendo la crema y el queso a cada plato, me recordé de una enseñanza que aprendí de una amiga y que me parece muy oportuno compartir con ustedes ahora.

Source
¿Recuerdan cuándo Jesús multiplicó el pan y los peces? La historia la podemos leer en Juan 6:1-13 y también en Marcos 6: 30-52 y en Lucas 9. Generalmente nos referimos a este hecho histórico para recordarnos de cómo Dios multiplica lo que tenemos y nos da en abundancia, nos recuerda que Dios es nuestro Proveedor. Pero, ¿te has dado cuenta qué junto con la provisión milagrosa Jesús proveyó algo mas, más trabajo para sus discípulos?

Leemos que Jesús les dijo a sus discípulos, "Recostad a la gente"; cuatro palabras que leemos súper rápido y no nos detenemos a meditar, ni usamos nuestra imaginación para entender completamente. Ve la escena de cerca. Doce discípulos tienen la tarea de organizar a más de 5000 personas hambrientas en grupos de cientos y de cincuenta. No hay nada de tiempo antes para tener reuniones semanales entre ellos para planear una estrategia, para decidir como sería la mejor forma de hacerlo, tampoco hay micrófonos ni nada parecido para hacer la tarea más fácil. El milagro que todos estaban a punto de ver comenzó con algo inesperado, más trabajo y terminó con aún más trabajo.

Una vez que todos estaban sentados, "Jesús tomó aquellos panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre sus discípulos, y los discípulos, y los discípulos  entre los que estaban recostados ; asimismo de los peces, cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los pedazos que sobraron, para que no se pierda nada. Recogieron, pues, y llenaron doce cestas de pedazos, que de los cinco panes de cebada sobraron a los que habían comido" (énfasis mío).

¿Ves lo glorioso de la historia dentro de la historia? La gracia de Dios, su provisión abundante viene acompañada de otra bendición que muchas veces no queremos reconocer como bendición, de una bendición que muchas veces nos rehusamos a tomar con las manos abiertas: más trabajo -y del tipo de trabajo que no nos lleva a nada cercano a la fama.

Los que trabajaron acomodando a la gente, sirviéndoles, y recogiendo después fueron parte del milagro. Los discípulos vieron en el servir la gloria de Dios de una manera más cercana; los cinco mil hombres, las mujeres, y los niños que ahí estuvieron ese día seguramente no pudieron oír la oración de Jesús, no vieron de cerca el milagro. Los que sirvieron tuvieron el gozo de extender gracia, de dar lo que el Hijo de Dios les dio para dar. El trabajo enorme de acomodar a las personas, de servirles, de limpiar no fue en balde, fue una oportunidad de ser parte de la obra de Dios, de ser parte del milagro.

Hermanas, muchas veces oramos a Dios por su provisión y nos quejamos con el trabajo -la bendición- que viene con la provisión. Pedimos por la oportunidad de poder comprar una buena despensa y nos quejamos del trabajo que es ir al supermercado, de lavar la fruta y la verdura, de guardar y organizar todo. Pedimos un esposo, hijos, amigos y nos quejamos porque no nos ayudan. Pedimos una buena iglesia y vemos con sospecha al que nunca se detiene a servir. Queremos oír la oración de Jesús al Padre, queremos ver la multiplicación de los panes y de los peces y sentarnos a disfrutar de sus bendiciones, pero no queremos oír a nuestro Señor diciendo, "organiza, reparte, limpia". ¡Qué poco entendemos cómo funciona el Reino de Dios! 

Que Dios nos dé la gracia para estar cerca de Él con las manos abiertas cuando nos da el pan de cada día, así como cuando nos da el trabajo que viene con sus bendiciones -y que es en sí una gran bendición.

Bajo su sol y por su gracia,

Becky


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Criando a nuestros hijos en un contexto de gozo y amor.

>> 7.3.15

¿Cuál es el contexto en el qué aplicas lo que crees en cuanto a la educación de tus hijos en tu hogar?

Muchas veces entendemos los principios bíblicos y adoptamos ciertos métodos para aplicarlos según la sabiduría que Dios nos da en cada situación, pero el contexto debe ser siempre el mismo: gozo.

El gozo es el segundo fruto del Espíritu (Gal.5:22-23), el gozo es lo que llena el alma del creyente cuando ha sido perdonado. Una vida de gozo debería de ser, por lo tanto, una vida caracterizada por este fruto  en el hogar cristiano.

Lamentablemente el gozo no siempre está presente en los hogares de las familias cristianas. El cumplir ciertas reglas, el hacer ciertas cosas de cierta manera, el trabajo diario, la monotonía de la rutina, el miedo a caer en las cosas del mundo, el miedo a fallar, los afanes de la vida, todo éso se encierra entre cuatro paredes y ahogan el gozo.

Llenar nuestro hogar del gozo del Señor no es algo que es fácil, no es algo que se nos da naturalmente. Es por eso que es un fruto del Espíritu, es un fruto que primero tiene que manifestarse en la vida individual de los padres a través de la obra del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios en nuestras vidas.

Todas sabemos que una mamá no puede pretender estar gozosa; el gozo de Dios no se puede falsificar. Cuando veo a mi amiga, a una mamá paciente y gozosa en su cocina, preparando la cena para sus amigos, dando de cenar a su hijito de dos años después de haber bañado a sus otras dos hijitas de menos de siete, mientras lleva una bebé de 30 semanas en su vientre, estoy segura que delante de mí tengo a una mujer que pasa tiempo en la Palabra y que permanece en la Palabra.

No importa si tienes hijos chicos o jovenes, o si solamente son tú y tu esposo ahora, tu responsabilidad delante de Dios es habitar en la Palabra para que lleves mucho fruto -incluyendo el fruto del gozo y para que tu fruto permanezca, que no sea un fruto pasajero que se derrumba ante la primera inconveniencia.

Hay cosas prácticas que podemos hacer para cultivar el gozo en nuestras familias.


Primero, como ya lo mencioné, pon todo esfuerzo para habitar en la Palabra de Dios. No la visites solamente, habita en ella para que ella habite en ti y puedas llevar mucho fruto que permanezca.

Segundo, sé agradecida y contagia ese espíritu de agradecimiento en tu hogar.  El agradecimiento es el antídoto en contra del resentimiento y la ira. ¿Qué oyen tus hijos salir de tu boca todo el tiempo? ¿Agradecimiento o resentimiento? Tristemente en muchos hogares cristianos lo que se oye no son risas, sino quejas y gritos que surgen de corazones amargados que no conocen la gratitud y el contentamiento, corazones que están lejos de una vida llena de gozo.

Siempre hay en Cristo un salida a nuestros problemas, y siempre la salida está señalada con la palabra "arrepentimiento". En Cristo hay perdón siempre, y es por eso que en Él hay gozo abundante (lee Juan 15:10-12).

Cuando nos hemos arrepentido delante de Dios, podemos entonces comenzar arar la tierra para desarraigar las raíces de amargura y sembrar gratitud no solamente en nuestra propia vida sino en la vida de nuestros hijos. Podemos hacer cosas muy practicas como escribir cada día las cosas por las cuales estamos agradecidas en lo particular. Podemos hacer una práctica a la hora de la comida o de la cena de decir (cada miembro de la familia) porque estamos agradecidos ese día. Sería bueno ser  muy específico. Es más fácil decir cosas generales como, "estoy agradecido por la vida  y mi familia" que decir, "Estoy agradecida por mi hija que me ayudó a preparar el desayuno, por mi esposo que fue  a trabajar hoy y perseveró con diligencia, y por mi hijo que me ayudó a sacar la basura y cargar las bolsa del supermercado sin que yo se lo haya pedido."


Un hogar lleno de gratitud es un hogar en el que el gozo se multiplica y el resentimiento no puede echar raíces. 

Tercero, cuando tengas días difíciles, cuando tus hijos no sean obedientes, cuando tus miedos parezcan una realidad, pon los ojos en Jesús, en las promesas divinas, en que Dios es soberano sobre tus hijos, sobre tu familia. Mantén tu gozo firme manteniendo tus ojos en la Fuente de gozo eterna.

Gracia sobre gracia,

Becky


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La sujeción: un acto de fe.

>> 1.3.15

Es cierto que el matrimonio requiere trabajo de ambas partes, por supuesto, en eso nadie levanta quejas. Sin embargo, como en este espacio no escribimos para los hombres sino para las mujeres, nos toca hablar únicamente de la parte que nos corresponde a nosotras como esposas.


La biblia es clara, nuestra parte como esposas es sujetarnos a nuestros propios maridos como al Señor (nótese que Dios nos llama a sujetarnos a nuestros propios maridos, no a todos los hombres en general, ni siquiera al pastor antes que a nuestro marido.)

"Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo." Efesios 5:22-23 (ver también Colosenses 3:18)


Como todos los mandamientos divinos, es simplemente imposible para una mujer sin Cristo tratar si quiera de obedecer este mandato. Recordemos siempre que solamente cuando hemos nacido de nuevo tenemos la capacidad, a través del poder del Espíritu Santo para obedecer las Escrituras. El sujetarnos a nuestros maridos requiere entonces, antes de ninguna otra cosa, haber nacido de nuevo y entender como el matrimonio es un espejo, un símbolo, de la relación de Cristo y su iglesia.

Una de las preguntas que muchas mujeres me hacen, es "¿Cómo es que me tengo que sujetar a mi esposo si él no me ama como la Biblia dice que debería hacerlo?" La respuesta siempre es que Dios no te va a pedir cuentas de cómo te ama tu esposo, sino de cómo lo honras tú a él y como te sujetas tú a él (Ef. 5:22-23; Col. 3:18; Ef. 5:33). En cada circunstancia por la que atravesamos, Dios nos va a pedir cuentas de la manera en que nosotros reaccionamos.

Ahora, algo que es importantísimo remarcar es que cuando obedecemos este mandamiento lo debemos de hacer con fe y en fe. Sin fe,  nada de lo que hagamos -absolutamente nada- puede agradar a Dios. Sin fe, nuestros mejores esfuerzos no valen nada. 

Nuestra sujeción a nuestros maridos es primeramente nuestra sujeción a Dios en fe, y lo hacemos en fe porque estamos confiando plenamente en que nuestra obediencia a Dios es agradable a sus ojos, que Él siempre bendice nuestra obediencia a su Palabra, y que su nombre va a ser más glorificado cuando seguimos sus mandamientos.

La fe siempre tiene que fortalecerse en la Palabra y en la oración privada, por eso, cuando nuestro esposo toma una decisión que nosotras no apoyamos totalmente, podríamos orar diciendo, "Padre, tu Palabra dice que tu quieres que yo me sujete a mi esposo, ayúdame a hacerlo con gozo y en fe, creyendo que tú te complaces en mi obediencia. Líbrame de tener una actitud llena de critica y juicio y dáme fe para creer que Tú eres soberano sobre todo, incluyendo esta situación."

La fe es también necesaria cuando nos sujetamos a nuestros propios maridos, porque solamente arraigadas y cimentadas en Su palabra por la fe, podemos pelear en contra del temor que muchas veces se levanta en nuestros corazones, especialmente cuando nos tenemos que sujetar a nuestro esposo en algún punto que nos es más difícil (nunca olvidando que Dios nunca va a requerir que obedezcamos a nuestro esposo en algo que sea pecaminoso). Una mujer piadosa, una mujer de fe, se puede sujetar sin temor a su esposo porque su confianza está puesta en Dios antes que en su esposo.

Cuando te sujetes a tu marido en fe, levanta tus ojos y ve detrás de tu esposo a Cristo. Recuerda que tu obediencia es a Dios antes que a tu esposo, y que de Él viene tu recompensa.

Gracia sobre gracia,

Becky








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Memorizando Santiago -Semana 17-

>> 12.11.11

©Annie Pliego Photography

 Santiago 5: 13- 20

15 Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados.

16 Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.

17 Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.

18 Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.

19 Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver,

20 sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.

"Un verdadero compromiso con la oración es sin duda, un pre-requisito para soportar las aflicciones y las pruebas." John MacArthur

"Una fe falsa, resulta no sólo en una teología errada, sino en un estilo de vida igualmente errado." MacArthur

Gracias por haberme tenido paciencia durante esta serie (ya que no pude escribir de manera constante), es mi oración que haya podido animarlas de alguna u otra manera a adentrarse más en las Escrituras, a escudriñarlas, a memorizarlas, a orar de acuerdo a lo que está escrito.

Yo estoy a punto de terminar de memorizar este libro, y en diciembre mi hermana y yo nos vamos a ver y pensamos recitarnos, una a la otra, nuestros proyectos de memorización. Espero que tú también hayas terminado, o estés a punto de hacerlo. Si te quedaste a la mitad, no te preocupes, puedes volver a retomarlo en cualquier momento.

Si pudiste memorizarlo, o estás a punto de acabarlo, recuerda también que eso no te hace un mejor cristiano; no le des cabida al orgullo, recuerda que nada de lo que hagamos puede hacernos merecedoras del favor de Dios.

Por gracia vivimos y por gracia andamos.

Que el Señor nos ayude a perseverar...

Becky

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